Periódico digital del Colegio "Villa de Móstoles"

La ciudad de los pingüinos

Nuestro profesor de Matemáticas y Tecnología, Ignacio Cid Hermoso, hoy ya un consumado escritor que ha publicuatro novelas publicadas, ha querido compartir con nosotros este relato inédito que compuso hace ya siete años, el 9 de julio de 2009.

Permítanme que me exprese en términos de repudio y profunda desolación ante la penosa evolución de hechos que llevan acaeciendo en esta, nuestra ciudad, durante los cinco últimos años. El motivo por el que pido que se me perdone no es otro que la firme convicción que albergo de que todo esto no es más que culpa de mis semejantes y, por ende, no puedo, quiero, ni debo excluirme de la parte de culpa que me toca, ya que, tonto de mí, he de confesar que yo también empecé considerando las primeras manifestaciones de lo que más tarde acabaría siendo nuestra perdición como meras e incluso simpáticas anécdotas que no podrían llegar a hacer daño a ningún hijo de vecino. No obstante, al igual que todos mis camaradas, me equivocaba de cabo a cabo.
Todo comenzó, por lo que yo sé o puedo llegar a saber, cuando mi viejo camarada Aleksandr Ivanov, próspero tabernero cuyo negocio abría sus puertas a la Avenida Nevski ya desde el siglo anterior, mandó traer hasta aquí una pareja de esos exóticos y torpes animales que rara vez podían llegar a verse en las islas más meridionales de la Patagonia argentina, y a los que hacían llamar “pingüinos emperadores”. Al ser un hombre de mediana edad, cultivado, soltero y sin compromiso de ningún tipo, invirtió una importante suma de rublos para conseguir aquellos reclamos en forma de aves marinas que aquí en San Petersburgo nadie conocía, a excepción de unos pocos privilegiados que los habíamos visto en grabados de los manuales de zoología que se encontraban en la biblioteca de la universidad. Cuál fue mi sorpresa y la de los demás clientes asiduos a la taberna de Aleksandr cuando, cierto día, este nos hizo pasar al interior de la bodega, especialmente aclimatada con el fin de preservar aquellas dos simpáticas criaturas que habían sido apartadas para siempre de sus heladas aguas antárticas para servir de reclamo publicitario y atracción en las no menos frías calles de San Petersburgo. Llegados a este punto, cabe decir que, como todos bien sabréis, el clima en nuestra ciudad es cuanto menos propicio para la crianza de estas aves, acostumbradas al frío helador que aquí sólo puede combatirse con vodka y aguardiente para evitar que se nos escarche la sangre. Siendo así, Aleksandr puso todo su empeño en sacarlos adelante y se comportó como un verdadero padre para esos dos pingüinos, por entonces apenas dos bolitas de pelusa con la tripita blanca y la cabeza rodeada por un casco de incipiente plumaje grisáceo. A decir verdad, mentiría si dijera que nadie quedara prendado a primera vista de esos dos polluelos de mirada inocente y agudo piar, pues todos, en mayor o menor medida, comenzamos a contribuir en su manutención llevando a la taberna cada tarde lo que buenamente podíamos conseguir a lo largo de la jornada, quitándonoslo de nuestra boca para dárselo a los polluelos: un día era una cestilla de arenques, el otro un par de calamares, al siguiente un puñado de pequeños cangrejos pescados en el Neva… y así, poco a poco, los pingüinos fueron creciendo y se convirtieron en esos adorables y majestuosos animales que ya había visto en los manuales de zoología que antes mencioné. El caso es que, de una u otra manera, media ciudad acabó enamorándose de los pingüinos, y el viejo de Aleksandr vio cumplido su sueño de poseer la taberna más frecuentada y concurrida —aparte de la más limpia y confortable— de todo San Petersburgo. Tal era así que todo peterburgués que se preciara no habría dejado de ir, al menos una vez en todos aquellos meses, a la taberna de Aleksandr Ivanov.
Sea como fuere, el hecho es que durante el periodo de exámenes de principios de aquel año tuve que hacer un paréntesis en las visitas a la taberna para atender mis asuntos académicos, pues no podía permitirme rebajar mi nota media en la universidad, ya que de mantener mi caché como notable estudiante dependía el número de alumnos a los que pudiere impartir clases en los meses venideros, y al fin y al cabo, de eso y poco más dependía mi completa manutención en la ciudad. Pasé días, semanas, encerrado en mi cuartucho, sudando a pesar del frio que se colaba a través del único ventanuco que daba a mi escritorio, sumido en un estado febril en el que fui macerando mis conocimientos académicos, hasta que, el primer día de primavera, pude volver a saborear el regusto almibarado de la libertad del estudiante al acabar los exámenes. Como no podía ser de otra forma, decidí celebrar mi recién estrenada excarcelación voluntaria en la taberna de mi camarada Aleksandr Ivanov. Créanme, amigos, que por mucho que intentare describir con palabras mi profundo asombro ante lo que allí me encontré después de tantos días de ausencia, no podría más que trazar un patético esbozo de las verdaderas emociones que me asaltaron aquella tarde. No bien hube llegado hasta la tasca, acaparé una mesita lo suficientemente aislada de las miradas de los curiosos y levanté la mano para pedir una botella de vodka y un vaso. Sin embargo, el camarero habitual de Aleksandr, Svyatoslav Timoshenko, no se encontraba trabajando aquel día. Más tarde, averiguaría de primera mano —pues fue el propio Aleksandr quien me lo hizo saber— que el bueno de Svyatoslav no trabajaría en la taberna ni aquel ni ningún otro día más ya que había sido despedido como parte del recorte presupuestario al que Aleksandr estaba sometiendo el negocio con el fin de aumentar los beneficios. La causa de tan inesperada noticia se me hizo aún más sorprendente si cabe cuando pude averiguar quién o quiénes eran los nuevos camareros de la taberna de Aleksandr. Uno de ellos se presentó ante mi mesa con paso tambaleante, portando con su aleta negra una bandeja repleta de botellas vacías, mientras que con la otra intentaba mantener el equilibrio sobre el firme de piedra de aquel subterráneo. El pingüino no pareció reparar en mi asombro y simplemente se dirigió a mí con un agudo chillido, titubeante y servicial, pero sospechosamente parecido al ruso: «Buenas tardes, ¿qué desea, señor?», fueron las palabras que me pareció entender, lanzadas como arpones de punta roma desde su alargado pico ribeteado por una franja de color amarillo sucio. Anonadado, sin salir de mi asombro, balbuceé mi pedido y contemplé cómo el ave echaba el cuello hacia atrás e inflaba su enorme papada de color anaranjado, gesto inequívoco de que había comprendido mi comanda. Después daba la media vuelta más lenta de la historia de la taberna y se alejaba con el mismo paso cojitranco, gracioso pero decidido, hacia la barra. Allá iba, casi un metro de pingüino tan negro como los seis meses de noche en Siberia, portando su bandeja de camarero mientras meneaba con ritmo su coqueto rabito tras de sí. Lo único que alcancé a razonar, pues no tenía el cerebro para demasiadas filigranas, fue que, después de tanto tiempo, el pobre no me había reconocido.
El caso es que, de cualquier manera, me decidí a disfrutar mi vodka y celebrar el fin de los exámenes, a pesar de que una nueva inquietud comenzaba a apoderarse de mi alma a partir de aquel instante. Cuando más tarde lo vi llegar portando mi botella, una sensación de miedo irracional se apoderó de mi ser, y aunque aún entonces no fui consciente de ello, ahora puedo comprender que esa leve punzada que sentí detrás de las orejas tuvo que ser a la fuerza el principio de la corazonada que me habría de indicar con el tiempo lo que supondría el comienzo de la era más obscura de la raza humana. Bebí durante una hora, dando vueltas a la transparente bebida en el fondo del vaso, pensando en lo mucho que me gustaría poder hablar con Aleksandr para que me pudiera explicar qué demonios había pasado durante mi forzada desaparición de la taberna en los últimos tiempos. Finalmente, mis súplicas fueron escuchadas y el dueño de la taberna hizo aparición en el local con una colosal sonrisa modelando el gesto de sus bigotazos, largos, espesos y bien peinados a ambos lados de la cara. Cuando me vio, me saludó efusivamente, y yo me cité con él para después de que cerrara la tasca, pues deseaba intercambiar unas palabras con motivo de los muchos e importantes cambios acaecidos durante los últimos meses. Alrededor de las once de la noche, cuando todos los parroquianos se habían largado a reposar la borrachera en sus casas, el viejo Aleksandr se acercó hasta mi mesa y se sentó a mi lado, con un entusiasmo casi juvenil que no hacía ningún esfuerzo por ocultar. Con respecto a mi persona, quizás hubiera deseado encontrarme más lúcido y sereno a la hora de tratar semejantes asuntos —pareciéndome tan importantes y serios como en realidad me parecían—, pero si bien la primera botella no había surtido efecto en mi cabeza, la segunda y la tercera se habían encargado de entumecer mi entendimiento lo suficiente como para parecer torpe en el habla y lento en los reflejos. Con todo, fui capaz de hacerme entender, consiguiendo sonsacarle al viejo las palabras justas como para alarmarme tanto como jamás hubiere esperado —pero desde luego ya había intuido—, pues no pensaba en otra cosa desde el momento en que vi al pingüino ejerciendo como camarero.
—Créeme, Kirill Medvédev, muchacho, estos pájaros aprenden tan rápido que no lo podrías llegar a creer.
—Cdréeme que no lo cdreo —contesté, soltando un hipo beodo—, y cdreo que nundca lo podré llegadr a cdreer…
—Pues créelo, Kirill, mi camarada, créelo porque es verdad… Al principio, Anatoliy parecía el más lento de los dos, pero con el paso de los días comprendí que sus habilidades estaban más relacionadas con el trato de cara al público, por lo que dejé a Yelizaveta al cargo de la cocina, mientras a Anatoliy le enseñé a cargar y transportar las bandejas, a atender a los clientes y a chapurrear un ruso muy básico que, a día de hoy, se esfuerza por mejorar cada noche en su habitación.
—¿Me tdomas el pedlo, viejo?
—No te tomo el pelo en absoluto, Kirill, la gente está encantada con ellos, son trabajadores, inteligentes y serviciales, y no sabes lo mejor de todo… ¡Anatoliy y Yelizaveta acaban de ser papás de cinco preciosos polluelos!
Al principio, todos mis congéneres parecían tan alienados como el bueno de Aleksandr, que por mucho que lo intentara, no podía dejar de ver en aquella pareja de aves marinas los hijos que nunca había llegado a tener y, por ende, en su voz latía a cada palabra la emoción contenida y la ternura propia de la paternidad, por lo que, en realidad, nunca se lo llegué a tener demasiado en cuenta. No obstante, los demás clientes disfrutaban lo que no estaba escrito con las apariciones de aquellas brillantes criaturas en la taberna, dejándoles generosas propinas y dadivándoles con algún que otro pescadito que traían en los bolsillos. De hecho, nadie parecía darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, y solo yo, quizás debido a mi formación universitaria o al ser casi todas mis amistades y conocidos de tan limitada inquietud intelectual, fui el único que me preocupé de investigar y estudiar las costumbres de estos animales en su hábitat natural para intentar comprender si aquello que estaba ocurriendo entraba dentro de lo común o, cuanto menos, dentro de lo posible. De hecho, a la mañana siguiente acudí raudo a la biblioteca de la universidad, que por aquellas fechas aparecía desierta tras los exámenes, y comencé a devorar todo lo que encontré sobre pingüinos. En ninguno de los manuales que consulté bajo las luces de aceite que pendían de los altos techos de la sala pude encontrar nada que se pareciera al comportamiento que presentaban aquellos dos especímenes, por lo que acabé concluyendo que semejante extrañeza se debía al trato que habían estado recibiendo desde polluelos, casi de mayor favor que muchos de los hijos de los desgraciados que acudían cada tarde a alimentarlos, hablarles a gritos y hacerles cucamonas en la taberna. Un escalofrío me recorrió la espalda cuando empecé a comprender las posibilidades que se abrían para aquella raza animal de seguir procreando bajo la influencia de los seres humanos.
Sin embargo, no fue hasta un mes después cuando los primeros camaradas comenzaron a sospechar tanto como yo que de aquello no podía acabar saliendo nada bueno para nuestros futuros intereses. Y todo fue debido a los rumores que comenzaron a circular sobre una hipotética discusión que el bueno de Aleksandr Ivanov había mantenido con sus dos criaturas sobre la educación de los polluelos. Al parecer, Aleksandr ya había pensado un nombre para cada uno de los cinco, e incluso les había encontrado distintas asignaciones futuras dentro de la taberna con vistas a ampliar el negocio. Sin embargo, los padres de los polluelos se negaron en rotundo a delegar la educación de sus hijos en Aleksandr, a quien designaron únicamente como el abuelo de los pingüinitos, pero delimitando su radio de actuación e influencia sobre los mismos. De hecho, estos rumores de ruptura cristalizaron semanas después, cuando se dejó de ver a los pingüinos por la taberna. Nadie se atrevió a formular las preguntas que flotaban en el aire sobre el destino de Anatoliy y Yelizaveta, entre otras cosas por la cara tan larga que, invariablemente, a cada día, presentaba el bueno de Aleksandr; pero también por lo evidente que hubieren resultado las respuestas a dichas preguntas. Hasta nuestros oídos llegaron habladurías de que la familia de pingüinos se había trasladado a vivir al sur del río Fontanka, pues se habían hecho con unos ahorrillos a lo largo de los duros meses de trabajo en la taberna y, lo que era más importante, con el favor de ciertas familias de burgueses acaudalados que habían visto en aquellas aves a unos dignos compañeros de tertulias, así como a unos perspicaces y atentos camaradas de cacería. Poco a poco, fueron llegando hasta nuestros oídos rumores sobre la escolarización de los pequeños, cuya capacidad intelectual crecía de forma más rápida que la de los humanos, y también sobre la ocupación profesional de Anatoliy y Yelizaveta, que se habían ido haciendo con un hueco dentro de la nobleza peterburguesa. Al parecer, en las altas esferas sociales, la última moda consistía en el aprendizaje del idioma propio de los pingüinos, y no era raro encontrarse con señoras de la más alta alcurnia paseando por la Plaza del Palacio al amparo de sus sombrillas, parloteando aquella aguda y penetrante jerga pingüinil, o bien a nobles caballeros a lomos de sus monturas mandando lacerantes graznidos a sus bestias con la esperanza y convicción de que así se pudieren hacer entender mejor. La ciudad se estaba volviendo loca, y solo los trabajadores y unos pocos estudiantes como el que estas palabras escribe, éramos capaces de atinar en nuestros pensamientos y razonar con cabalidad ante lo insostenible de la situación que se estaba generando a nuestro alrededor.
Pero he de continuar, porque los males de nuestros convecinos no quedaron ahí, mis queridos camaradas, ni por asomo quedaron ahí, pues, como bien sabréis por las noticias que hayáis podido ir recibiendo a lo largo de los últimos años, los avances que se han alcanzado en este lugar del mundo que yo habito superan con creces los logros obtenidos a lo largo y ancho de todas las centurias de progreso humano. Hemos de asumir que la superioridad intelectual de los pingüinos ha dejado la técnica de los hombres a la altura del betún, y debido quizás a su sorprendente fertilidad y al inmediato acceso que tuvieron a los asuntos científicos, fueron extendiéndose y construyendo a la par un amplio y seguro cinturón de arquitectura social, política y económica que, al cabo, superó con creces todos los estamentos inventados y por inventar sobre los que el ser humano había ido asentándose y evolucionando a lo largo de los siglos. Pronto comenzaron a surgir las primeras empresas gobernadas por pingüinos con humanos a su cargo, empresas de manufacturas pesqueras, textiles, y más tarde industriales, pues los avances en este ámbito han supuesto un salto de quizás un par de siglos en el devenir de la humanidad; cambiando, entre otras cosas, los carros de caballos por unas espectaculares arquitecturas metálicas rodantes que se desplazan por arte y efecto de artilugios mecánicos y cambalaches termodinámicos demasiado complejos para poder ser comprendidos por un cerebro humano actual. Las calles de la ciudad, avenidas y callejuelas, se han ido atestando progresivamente de construcciones y esculturas de hielo; los rincones, que antes eran tan oscuros, son ahora un poco más luminosos gracias a una suerte de magia chispeante que cuelga de palos metálicos en las esquinas; y aunque parezca increíble, los pingüinos han demostrado desde el principio un profundo respeto por los iconos religiosos ortodoxos, colaborando con su propio dinero para el mantenimiento de la Catedral de San Isaac y la restauración de la Fortaleza de San Pedro. En este punto, permítanme que les diga, pienso que todas estas frivolidades no son más que simples apariencias para seguir ganándose nuestro favor, algo que me parece del todo deleznable, pero de lo que, como tantos otros asuntos, nadie parece querer darse cuenta en este lugar, otrora honorable y orgulloso de su pasado. Por descontado, nada de todo esto podría haber sido posible sin la irrupción de los pingüinos en el poder político, donde se fueron granjeando sin muchas dificultades las amistades de los hombres más poderosos e influyentes, confirmando definitivamente su ascenso en este ámbito durante el fatídico año pasado, cuando fue nombrado nuevo alcalde de San Petersburgo el pingüino Muiiiik —cuya traducción al ruso vendría a ser Fyodor Ivanov, pues se ha instaurado el uso del “pingüinés” como idioma cooficial en la región—. Esto es así dado que los antiguos cargos siguen poseyendo la misma riqueza —si no más que antaño—, pero en lugar de sufrir por las penurias y los avatares de su pueblo, ahora pueden disfrutar con plenitud de su estatus privilegiado al haber delegado los asuntos de gobierno en una raza superior que nos respeta y nos acoge en su seno como criaturas dignas de su reconocimiento, pero a la vez lo suficientemente prudentes como para asumir que hemos de dejar vía libre a su espectacular progreso, que promete traer de la mano un mejor y más próspero futuro sostenible para la ciudad.
Llegados a este punto, sin embargo, me permito discrepar con todo mi ímpetu, pues no solo veo improbable la sostenibilidad de la ciudad, sino que a todas luces veo inminente el próximo colapso de nuestra querida San Petersburgo. Valga como ejemplo que, en los últimos años, el número de chimeneas que arrojan humo negro al cielo se ha multiplicado por cinco, incluso por diez, provocando que haya días en los que el aire apenas pueda ser respirado, algo que el ser humano, caracterizado por su civismo y cabalidad, jamás pudiera haber consentido, pues lleva más tiempo siendo humano que los propios pingüinos. Por otra parte, el río Neva arrastra aguas verduzcas que antaño siempre fueron azuladas, y los espumarajos que se forman bajo los puentes que cruzan hasta las islas dejan ver formas alquitranadas de colores sospechosos que ensucian y afean el malecón y los monumentos de la ciudad. Aparte de todo esto, son muchas las voces que hablan de que, en ciertos hangares levantados a las afueras de la ciudad, los ingenieros pingüinos están en proceso de diseño y construcción de una serie de artefactos infernales capaces de satisfacer el eterno anhelo de esta orgullosa raza animal: elevarles allá donde sus alas genéticamente jamás les pudieron llevar. Sea como fuere, pienso que la calidad de vida está descendiendo alarmantemente en cuanto a lo que nuestra salud se refiere, por mucho que la medicina esté avanzando a pasos agigantados en aras de conseguir erradicar la peste y aplacar los efectos mortales de la gripe, a pesar de que los desplazamientos entre ciudades ahora sean más rápidos gracias a aquellos artilugios que llaman “pingüículos a motor”, a la mejora de las calzadas debido a esa sustancia pegajosa que llaman “pagüimento”, e incluso a pesar del enriquecimiento de ciertos sectores, auspiciado por el nuevo sistema económico implantado, al que vilmente denominan “pingüitalismo” o “libre pingüino-mercado”, sobre el que en teoría el poder político poco pudiere intervenir y nunca debiere controlar, pero gracias al cual —indefectible y curiosamente— se enriquece más a cada día, en contrapartida de un cierto sector de población cada vez más pobre y envilecido. No es menos cierto que los muchos avances logrados por los pingüinos emperadores no se limitan a sus actuaciones y a las consecuencias que estas hayan comportado a la sociedad, sino que la evolución llega más lejos y se adentra más allá, influyendo decisivamente en su fisionomía y aspecto, pues los pingüinos también han ido sufriendo una progresiva evolución genética en apenas tres o cuatro generaciones, aumentando su tamaño hasta los dos metros, superando en altura, fuerza y presencia física hasta al más pintado peterburgués, que ha de achantar su mirada y bajarla hasta las patitas anaranjadas y membranosas de sus superiores cuando se produce alguna disputa de índole social o laboral. Así mismo, los pingüinos son en la actualidad el paradigma de la moda y el modernismo en la ciudad, por lo que han adquirido cierta costumbre de pasear con los trajes más pintorescos y los sombreros más hongos que se hayan visto jamás por estos parajes, dejando constancia de su elegancia y de su exquisita educación, que, además de por su vestuario, su particular buen gusto y la delicadeza de fumar cigarros largos con boquilla, pasa por una perfecta dicción y pronunciación del ruso, así como por el aprendizaje a modo de simple cortesía o mera cultivación de otros idiomas como el francés o el alemán.
Mi alarmismo, como podéis comprobar, tiene raíces muy profundas y motivos más que de sobra para ser verdadero y, a todos los efectos, desesperado. Sin embargo, ya es tarde para actuar. Sin apenas habernos dado cuenta, los seres humanos hemos dejado de ser la raza dominante en esta ciudad, espejo para los más grandes núcleos urbanos del planeta, y sospecho que pronto los pingüinos acabarán dominando el mundo entero —y lo que, por alguna oscura razón, me lleva a los demonios, es el hecho de que lo vayan a conseguir sin haber derramado ni una sola gota de sangre, simplemente a base de cachivaches y avances tecnológicos, sociales y médicos— sin apenas esforzarse.
¡Ay, pobres de nosotros, que quisimos sacar a estas criaturas de su hábitat, legitimados en la absurda creencia de que los animales se encontraban varios peldaños por debajo de nosotros en la cadena evolutiva! ¡Torpes nosotros, que no sabíamos que lo que les hacía animales era precisamente el hecho de no saber vivir como humanos! Ahora ya es demasiado tarde. A marchas forzadas perdemos nuestro papel en el mundo, y sabe Dios a qué oscuro futuro nos aproximamos en manos de estos seres ambiciosos y de ingenio desbordado; sabe Dios a qué dilemas morales la ciencia nos hará enfrentar con el devenir de los años, y cuál será el papel del hombre en todo esto. Al menos, siempre podremos alegar que ya nunca más fuimos responsables de nuestro propio destino…
Pero mis desgracias y las de mis convecinos no acaban aquí, camaradas. De hecho, para cualquiera que haya llegado hasta este punto de mi narración y haya entendido lo suficiente del mensaje que he intentado transmitir en estas líneas, sabrá comprender que no sólo a mí y a mis camaradas les habría de preocupar estos acontecimientos, pues un nuevo orden mundial se cierne sobre la historia de la humanidad. De hecho, mi mayor preocupación en estos momentos no es la pérdida de la supremacía del ser humano en la pirámide evolutiva, pues eso ya no es asunto que nos concierna a las clases bajas, sino a los altos cargos que aún pudieran estar a tiempo de impedir semejante catástrofe. Mi preocupación, como digo, es otra no demasiado distinta a lo que vengo contando desde el principio, y que redunda nuevamente en el mismo error: y es que, en las últimas semanas, un grupo de camaradas entre los que se cuenta un servidor, nos venimos dando cuenta de la sorprendente proliferación de ciertas mascotas en el ámbito social de los pingüinos emperadores. Son animales traídos de las lejanas selvas de Nueva Zelanda, que satisfacen los caprichos más exóticos de los pingüinos, y a los que hacen llamar koalas. Mi preocupación no resultaría ser más que una simple anécdota para ustedes si se limitaran a contemplar la ancha y simpática carota de estos pequeños monstruitos, con ojos perlados, piquito de loro y unas manitas capaces de trepar por cualquier árbol del Jardín de Verano o del parque de Pavlovsk. No obstante, aunque todavía hoy suponen una atracción divina para pingüinos y humanos, que les agasajan con premios y atenciones por las cucamonas que ejecutan para el alborozo de sus atentos cuidadores, lo cierto es que en los últimos días parece que cierto sector dentro de las más altas esferas de poder de los pingüinos ha creído posible empezar a emplearlos para desempeñar ciertos trabajillos sin dificultad, pues consideran esta idea de carácter modernista, algo original y divertido. Tareas como el reparto del periódico o el lavado de fachadas no tendrían por qué suponer ningún problema, pero, dada la experiencia de aquellos que hemos sufrido esta degeneración desde el primer día, supone una inquietante eventualidad que nos hace cuestionarnos la posición definitiva que, con el tiempo, habrá de ocupar el ser humano en el devenir del planeta.
Dios nos aguarde en su Reino, pues aquí, lamentándolo mucho, siento que ya hemos empezado a perderlo…

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