Periódico digital del Colegio "Villa de Móstoles"

La torre de los siete jorobados

Carlos Gavilán (Profesor de Matemáticas)

“No creo que haya límites entre los géneros del cine.” Esta aseveración, pronunciada por Edgar Neville en una entrevista realizada en 1943 por Domingo Fernández Barreira para la revista Primer Plano, nos coloca en la perspectiva adecuada para enjuiciar la obra de este director de cine tan pasado por alto como sublime.
Neville es un gran cocinero en el que los ingredientes del Hollywood más clásico (Lubitch sería una referencia obligada) se mezclan con la literatura española más abracadabrante y un tanto canallesca de postín (Jardiel Poncela es otra referencia obligada). Sólo un verdadero maître (y el símil de la cocina no es ajeno a Neville, gran sibarita) puede elaborar platos tan gustosos como El último caballo, Domingo de carnaval o Mi calle utilizando una materia prima de fuentes tan dispares. Pero más allá de su gusto por los elementos fantásticos y humorísticos de la literatura de los años veinte y treinta, lo que realmente caracteriza a Neville y le permite ocupar un lugar propio en el cine español es su casticismo.
Neville es a Madrid lo que Woody Allen en sus mejores tiempos fue para la isla de Manhattan: el mejor retratista no sólo de su arquitectura, ni de su pulso social, sino de algo mucho más escurridizo y sublime que, únicamente quienes sienten los caminos de la ciudad como sus propias venas o las fachadas de los edificios como su piel, pueden trasladar al fotograma: su alma.
Este casticismo es además presentado sin ningún tipo de prejuicios (como corresponde a un espíritu libre) mezclando en la misma obra, incluso en la misma escena, la superstición más provinciana con la religiosidad más verdadera; el sainete y la zarzuela con el film noir y de corte fantástico; las pinturas de Goya con los cuadros de Gutiérrez Solana.
Y si hay una película en la que todas estas referencias son rastreables, esta es La torre de los siete jorobados. En un Madrid de finales del siglo XIX, Basilio Beltrán (encarnado por Antonio Casal como un inesperado galán) deberá cumplir el encargo del fantasma del difunto arqueólogo D. Robinsón de Mantua (Félix de Pomés) de encontrar al culpable de su asesinato. Por el camino, Beltrán protegerá a la sobrina del difunto (la hermosísima Isabel de Pomés) del ladino Sabatino (Guillermo Marín), caudillo de una sociedad secreta de jorobados que esconden bajo el suelo madrileño toda una ciudad dedicada al contrabando. La fantasía onírica y fetichista que Neville exhibe a lo largo de todo el metraje junto con el humor más absurdo y costumbrista nos mantiene en una suerte de encantamiento del que no querríamos nunca despertar. Porque no es la trama lo que en esta película nos importa, sino el escenario que imagina y el mundo que recrea. Oculto bajo el subsuelo, el gran mago Neville, nos hace creer en la existencia de un Madrid fantástico, vinculado al expresionismo, que crece hacia los abismos como la simbólica escalera de caracol que descubren Basilio y el detective de policía. Sin embargo, allí donde se esperaría encontrar sordidez, el genio de Neville y de su coguionista Santugui nos colman de humor, ternura y romanticismo.
Uno comprende al pobre D. Robinsón de Mantua que quiere volver de la muerte para llevarse consigo su réplica de la Venus del Nilo: nosotros volveríamos para llevarnos esta joya del cine.
                                               LA TORRE DE LOS SIETE JOROBADOS (España, 1944) de Edgar Neville con Antonio Casal, Isabel de Pomés y Guillermo Marín

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