Periódico digital del Colegio "Villa de Móstoles"

Un paseo por Belén

Carlos Alberto Gavilán (Profesor de Matemáticas)

Entre pasos acelerados para tutorías, visitas a Miguel Ángel y preguntas para Raquel (siempre con la mosca detrás de la oreja con la inocentada…) uno puede perderse el perfecto escenario en el que se desarrollará la próxima fiesta de Navidad. En el hall de nuestro colegio se encuentra un hermoso Belén que pretende defender una antigua tradición hogareña, últimamente amenazada por cierto personaje regordete enfundado en un abrigo rojo. La recreación del ambiente, el cielo estrellado y la tierra labrada y como coloreada por la lluvia parece invitarnos a perdernos por las calles que un día holló el Nazareno.
Si alzamos la vista podremos contemplar el palacio de Herodes, rey de Judá en aquella época, quien, poco tiempo después se daría un empacho de sangre al intentar dar muerte al nuevo rey de los judíos. Pero no nos detengamos en él; no es muy importante, aunque cada Navidad quisiera dejar un nuevo rastro de cadáveres infantes. Si descendemos poco a poco de las alturas de la soberbia humana, podremos acercarnos a un grupo de gente más sencilla. Son pastores. Atienden sus rebaños y, al raso de la noche, hacen vela por turnos para que no se pierda ninguna de sus ovejas. Hasta ellos ha llegado la noticia de un niño recién nacido, envuelto en pañales (como en una mortaja) que será alguien importante en sus vidas.
Si caminamos con ellos puede que nos crucemos, entre los campos de Belén, con tres personajes montados en sendos camellos: son los Reyes Magos. Tres, cada uno de ellos en representación de uno de los continentes conocido (Europa, Asia y África); y tres regalos que portan para entregar al mismo niño anunciado a los pastores: oro, por ser rey, incienso, por ser Dios y mirra, por ser hombre. ¿Quién puede ser este recién nacido a quien visitan lejanos reyes y humildes pastores?
La curiosidad nos empuja a seguir adelante hasta un pequeño establo. Parece poco confortable: haces de heno agrupadas, un buey, una mula, algunos tablones de madera desvencijados. Si prestamos un poco más de atención descubriremos el semblante serio y circunspecto, como de quien deberá tomar decisiones importantes en las próximas horas, de un varón alto y firme, descendiente de una casa real venida a menos pero que mantiene la dignidad de sus ancestros. Junto a él, una mujer (una virgen) que mira a lo que podría ser un pesebre con infinita ternura. Parece como si no hubiera sufrido los rigores del parto; o puede que una alegría mayor la permita no recordar nada de lo sufrido. Finalmente, si nos acercamos hasta casi arrodillarnos, podremos contemplar el rostro de un bebé: un varón indefenso que agita sus brazos hasta formar un ángulo recto con su torso. De repente su mirada se encuentra con la nuestra y tenemos la impresión de que podríamos quedarnos allí, en Belén, bajo el cielo estrellado mal cubierto por un enjambre de maderas carcomidas, mientras desciframos nuestra vida en los ojos de ese niño recién nacido.
– ¡Carlos!
– ¿Qué pasa?
– Venga, que ya tenemos los archivos para la web.
– Vale, vale. Ya voy…
Y me alejo del hall en el que cabe toda la Navidad.

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