Periódico digital del Colegio "Villa de Móstoles"

El aburrimiento del escritor

Ignacio Cid (Profesor de Tecnología)

El mes pasado, mientras hacía una suplencia a nuestra compañera Mª. Carmen Teijeira, les dije a sus alumnos que podían dedicar la hora a hacer los deberes que su profesora les había mandado, o bien ponerse a escribir un relato para el certamen literario en curso. En ese momento, una de las chicas de la clase me miró y me descerrajó con alegría un: «pero profe, si escribir es un rollo». Podría decir que entonces respondí algo ingenioso, una de esas sentencias que le dejan a uno la boca encharcada de argumentos lúcidos, pero no fue así. Muy al contrario, me quedé mirándola sin saber qué contestar, qué responder a aquello, y no porque no supiera la respuesta, sino porque la tenía tan hinchada en la garganta que, como el atracón en Navidad, ni se me metía para adentro ni me salía para afuera.

Me había dicho que escribir era aburrido. Un torpedo directo a mi línea de flotación.         

Esa chica —cuyo nombre omitiré, pero basta con saber que era 3.º ESO— me decía a la cara que aquello a lo que yo había supeditado toda mi vida, con plena dedicación e intensidad en los últimos cinco años, era un rollo. Un aburrimiento, vaya. Y no, no lo es. Escribir puede ser de todo menos aburrido. Para mí, en particular, ha sido la vida, la felicidad, el ansia, la desesperación, un ancla y, solo después, un océano, algo inabarcable, la muerte en la orilla.

Aquella afirmación, no lo voy a ocultar, me obligó a ir preguntando por las demás mesas. Quería saber qué opinión tenían los otros chicos y chicas sobre eso de escribir. Una alumna me confesó que a ella le gustaba mucho, pero que solo como hobby, algo que hacía porque le agradaba. Ella, en realidad, quería ser médico. Y la envidié, por supuesto, porque para mí nunca fue un hobby. Para mí siempre fue lo primero, lo que me definía, aquello que me colgaba del ADN como los calcetines mojados de mi código genético. Quizá ahí estribe el germen de una realidad que conozco (demasiado) bien: hoy en día no hay escritores. No hay novelistas ni relatistas. Hay periodistas, jugadores de fútbol, faranduleros o presentadores de televisión que, por serlo, acaban publicando en Planeta, pero conozco a muy pocas personas que sean, por definición, escritores. Y la razón es tan simple como prosaica: en este país no se puede vivir de ello. Se gana algo de dinero, sí, pero no lo suficiente como para llevar una casa, una familia. Creo que en ese instante pensé que, si no contestaba, era por la eterna dicotomía entre lo etéreo y lo funcional, entre el alimento del alma y el de los intestinos. Como profesores, creo que debemos alentar a nuestros chicos y chicas a que sean lo que ellos quieran ser, potenciar sus virtudes, pero tampoco podemos pasar por alto la presión social o familiar de esa necesidad de estudiar para conseguir un buen trabajo, uno que les resuelva (si es que ese concepto sigue existiendo en esta sociedad actual) su futuro. «Niño, no te hagas artista; si escribes, hazlo solo por diversión, para pasar el rato. Pero no olvides que esto NO es un oficio». Tal vez eso es lo que debería haber dicho alguien con más sentido de la realidad, pero esa no será nunca la lucha que yo lleve por bandera. No contra el arte. No contra la escritura.

He de confesar que nunca me presenté a ningún certamen literario en nuestro colegio. No lo hice porque, para mí, en aquel entonces, escribir era algo muy íntimo. También lo es ahora, pero el tiempo y los golpes han hecho que pierda el sentido del ridículo. No fue hasta los años de la universidad cuando comencé a ganar premios. Aún recuerdo mi viaje a Herencia, en Ciudad Real, para recoger mi primer cheque y mi primer diploma. O el artículo en el Diario del Alto Aragón que me proclamaba ganador de uno de los certámenes más prestigiosos de literatura de terror de aquel entonces. Jamás olvidaré la noticia de mi primera publicación en solitario, el coche a la salida del aeropuerto en Gijón que me esperaba para llevarme como invitado a la Semana Negra, la carpa justo al lado de la de George R.R. Martin (sí, el de Juego de Tronos) mientras presentaba mi primera novela, o la caseta atiborrada de gente en la Feria del Libro de Madrid… Hace pocos días, me preguntaban en una entrevista para un periódico de Iquique (Chile) que por qué escribía. Yo no sé qué contesté, tal vez algo relacionado con mi estabilidad emocional, pero sí sé que escribir es, para mí, algo muy distinto a un hobby, más cercano a hincharme los pulmones que el ego. Escribir es emborracharse de agua mineral en Avilés para salir junto a una horda a buscar a un editor a las tres de la mañana y proponerle algo ridículo, escribir es un diálogo en pijama con uno mismo, correos que se reciben de gente anónima que ha llorado con tu libro, la idea de un montón de horas en otra parte, esa cuerda tendida entre dos cumbres ocultas por la niebla que uno debe atravesar con pies de hipopótamo, dispuesto a caerse en todo momento y a hacer mucho ruido en su caída.

Pero no, no es aburrido. En absoluto. Es doloroso, por supuesto, pero no es aburrido. Y también es algo que nunca se acaba de (ni se empieza a) aprender, porque aprender se aprende a colocar palabras, pero no a tender puentes con los lectores.

«Pues entonces ponte a hacer los deberes», creo que contesté finalmente a aquella chica que no quería escribir porque le parecía aburrido.

Una respuesta timorata, desinflada, muy poco valiente. ¿Me arrepiento de ella? No, porque de haber contestado otra cosa, habría sido algo tan poco elegante como este artículo, y entonces la chica habría perdido el interés en mi diatriba a las tres palabras y media. No era eso lo que pretendía, sino que ella (como todos los demás) siguiera su propio camino.

Yo, por mi parte, seguiré escribiendo. Este mes de enero sacaré a la venta mi tercera novela. Las dos anteriores (por si alguien siente algo de curiosidad, pero no tanta como para gastarse su dinero) se pueden encontrar en la Biblioteca Municipal de Móstoles. Espero que aquella niña descubra en algún momento que escribir no es un rollo. Que descubra que leer es menos rollo todavía. Y que la que escribe como hobby se convierta algún día en una gran doctora en medicina que sepa cómo curar a los románticos que, como yo, anteponemos escribir a cualquier otra cosa.

 

 

 

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