Periódico digital del Colegio "Villa de Móstoles"

Utilidades de la enseñanza

Carlos Alberto Gavilán (Profesor de Matemáticas)

Los días que tiempo atrás abultaban nuestro calendario, se van consumiendo como si fuera una energía no renovable cuyos recursos irán desapareciendo inexorablemente hasta que una sola hoja cuelgue de nuestra pared demandando ser arrancada. Y con estos días se van amontonando exámenes, ejercicios, clases, evaluaciones en un ritmo insaciable de horas, minutos y segundos. Recuerdo cuando era alumno de este mismo colegio que el tiempo que mediaba desde el inicio de curso hasta las vacaciones de Navidad discurría con una velocidad de tortuga a la que, como en la paradoja de Aquiles, uno nunca conseguía alcanzar. Después no. Pasadas las vacaciones de Navidad, los días tomaban una velocidad semejante a la que debe experimentar una partícula elemental en el acelerador de Ginebra. Ahora, como profesor al otro lado del espejo, me faltan días para llevar a cabo todo lo que uno quisiera y necesitan sus alumnos. La experiencia no podía ser más diferente.

Pero no era de esto de lo que quería hablar. El párrafo anterior me ha servido para poner en orden mis ideas y compartir una inquietud común a la humanidad: la fugacidad del tiempo. ¿Y en qué invertimos este tiempo tan escaso y tan valioso del que disponemos? Durante estos primeros meses de clase, una pregunta se repetía una y otra vez en el aula, especialmente en matemáticas: “Y esto que nos estás explicando, ¿para qué sirve?” De los alumnos de la clase en la que imparto matemáticas no puede decirse que no se interesen por la asignatura o que padezcan una especie de acedia crónica. Entonces, ¿a qué viene esa obsesión por la utilidad inmediata de los conocimientos que tratamos de transmitirles?

Recientemente tuve la suerte de acompañar a un grupo de nuestros alumnos a un concurso matemático en Madrid en el que participaban distintos centros educativos de la Comunidad. Allí tuve la oportunidad de charlar con diferentes colegas y quise compartir con ellos mi inquietud por la mentalidad demasiado pragmática, así la consideraba yo, de nuestros alumnos. La mayoría de ellos, con una dilatada carrera docente, compartía mi experiencia; aunque a lo largo de la conversación no conseguimos llegar a una conclusión determinada.

Algunos días después, en uno de mis paseos matutinos de fin de semana para comprar el periódico, un anuncio en la fachada de un edificio de ladrillo rojo captó mi atención. Se anunciaba un grupo de coro dando teléfonos de contacto para los interesados. Tomé nota de él en una libreta que suelo llevar conmigo (donde apunto trazas de la realidad de las que me sirvo para poder componer mis relatos) y luego me dediqué a reflexionar en casa. El anuncio decía así:

¿Sabías que cantar en un coro…

  • te permite quemar calorías?
  • te permite hacer nuevas amistades?
  • desarrollar tu capacidad de empatía?
  • te relaja y te ayuda a encontrar el equilibrio en tu vida?

¡No lo dudes: apúntate!

Lo siento, pero no tomé nota de los teléfonos. Alguna alarma oculta en mi interior se encendió. Yo pensaba que uno iba a cantar a un coro porque le gustaba la música y porque tenía aptitudes para el canto. Nunca pensé que hubiera que buscar razones ulteriores para desarrollar una afición; y menos aún, razones de orden pragmático.

Este anuncio me hizo pensar en la pregunta recurrente de mis alumnos: “¿para qué sirve esto?” Esta pregunta es, en realidad, un clamor de nuestros estudiantes hacia el sentido de sus horas lectivas. Ante esta interrogación lanzada a nuestra cara, como antaño se arrojaba el guante para desafiar a un duelo, tenemos dos posibles caminos: negarla y amputar así su sed de conocimiento o guiarla hacia un conocimiento mayor.

Creo que uno de los problemas fundamentales del tiempo en que vivimos es la reducción del ser humano a lo simplemente útil, a lo eficiente. Con esto, silenciamos una de las notas principales que componen la melodía del ser hombres: nuestra capacidad para el pensamiento abstracto. Es en esta línea de ensanchamiento de los horizontes de la razón, en la que deberíamos trabajar en nuestra labor como docentes. Inculcar el gusto por buscar la verdad, por la sabiduría, la honestidad y el rigor en el pensamiento (y aquí caben todas las asignaturas, de letras y ciencias) es la respuesta adecuada que responde de verdad a todo lo que encierra la pregunta de nuestros alumnos. Eso no significa que los conocimientos que intentamos sembrar en ellos, con la paciencia y el tesón del labriego, no tengan una aplicación precisa en un futuro. Pero, más allá de esa utilidad siempre quedará en el aire la duda de por qué una novela nos emociona o por qué personas anónimas han dedicado su vida a la búsqueda del bosón de Higgs. Quizás, en nuestra capacidad para responder a esta pregunta, en apariencia sencilla, se cifra el futuro de la enseñanza y de la sociedad.

Ayer volví a pasar por el mismo edificio donde encontré el anuncio del coro: había desaparecido. Puede que hayan cubierto el cupo de integrantes o pude que nadie se haya sentido interesado y hayan desistido en la captación de nuevos cantantes. Yo prefiero pensar que se han dado cuenta de que era una mala campaña de marketing, que sus requerimientos no se ajustaban a lo que es genuino del ser humano. Y me alejé calle abajo con una tímida sonrisa en los labios.

 

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