Periódico digital del Colegio "Villa de Móstoles"

Nuestra experiencia a bordo

Sofía Martín (2º BACH.)

Los alumnos de 1º de Bachillerato llevábamos todo el curso deseando que llegara la madrugada del 23 de junio para partir al puerto de Barcelona, donde llegaríamos al esperado barco: el Sovereign. Nos quedamos impresionados con sus medidas. ¡A su lado te sentías un microbio! Teníamos los nervios a flor de piel desde las seis de la mañana, y no se nos quitaron en todo el viaje.

El primer día nos sentíamos como niños pequeños con un juguete nuevo. El Sovereign iba a ser nuestra casa durante una semana, ¡pero no tendríamos que preocuparnos de poner la mesa ni de hacer la cama! ¡Además, podríamos elegir qué comer! Ese día exploramos todo el barco: sus estancias y sus recovecos. Al atardecer, nos preparamos para ir a ver el partido de España y cenar en el restaurante.

Todos los días nos daban el diario de a bordo, en el que nos comunicaban las excursiones y sus horarios, y el tema de esa noche, junto a una recomendación de cómo ir vestido. Las noches eran temáticas: ibicenca o tropical, de disfraces, de gala, y de blanco; y había discoteca hasta las tres. Llegada esa hora, o te ibas al camarote o a cubierta, o te quedabas por el barco.

El segundo día estuvimos navegando, ya que la primera parada era Túnez; así que aprovechamos para ir a la piscina y relajarnos. Luego había cena de gala con el capitán, aunque él no asistió a la cena, sino que simplemente posó para hacerse algunas fotos con los viajeros.

El tercer día visitamos Túnez, pero la excursión acabó pronto y pudimos pasar el resto de la tarde en el barco preparando con calma nuestros disfraces para la noche. Al día siguiente, vimos las ruinas de Pompeya y Nápoles, una excursión más larga que la anterior. Por la noche, se celebraba la fiesta ibicenca o tropical, así que los collares hawaianos y las flores invadieron el barco.

El quinto día ya se iba notando el cansancio, pero tocaba ir a ver Civitavecchia, una excursión en la que tuvimos que caminar mucho y ver todo muy rápido. En el autobús la gente aprovechaba a descansar, pero también había que hacer caso a los guías que nos acompañaban. Volvimos muy cansados al barco y lo que menos apetecía era ir al restaurante, sino quedarse en el camarote descansando. Sin embargo, una noche más nos vestimos de blanco y negro. Esa noche también jugaba España: aunque estábamos muy cansados, no podíamos dejar de animar a nuestro equipo.

El viaje iba llegando a su fin, así que había que explotar cada hora. Tanto, que nos levantamos a las seis de la mañana para visitar Florencia y Pisa. Recuerdo que ese día hacía muchísimo calor y estábamos deseando llegar al barco para ducharnos o meternos en la piscina. Esa noche era la penúltima, así que queríamos exprimirla al máximo; aunque al día siguiente tuviéramos que despertarnos también muy pronto.

El último día visitamos Villefranche, pero fue una excursión cortita, por lo que pudimos pasar la tarde en el barco y aprovechar para hacer las maletas. Era la última noche y el cansancio acumulado pasó factura. Teníamos que dejar la habitación a las ocho de la mañana, pero mi grupo se quedó dormido. A las nueve y veinte llamaron a la puerta y tuvimos que salir corriendo e ir a la sala donde estaba todo el mundo. Fue un último momento gracioso. A las diez ya estábamos abandonando la que fue nuestra casa durante una semana. Fue un viaje inolvidable.

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